Biopics musicales ha habido siempre, desde los más clásicos hasta esa fiebre actual que parece obligar a cada leyenda a tener su propia película de dos horas y media.
Pero mucho antes de que la taquilla se llenara de imitaciones perfectas, en 2001 hubo una película titulada Rock Star y protagonizada nada menos que por Mark Wahlberg y Jennifer Aniston, que nos coló una historia real por la puerta de atrás, disfrazada de pura ficción rockera.
Y ahora, después del subidón de ver el más reciente biopic (y ya el más taquillero de la historia), Michael (Jackson, claro), el cuerpo me ha pedido volver a una de mis transformaciones favoritas del cine: cuando Mark Wahlberg dejó de ser modelo de calzoncillos de Calvin Klein para enfundarse en cuero y convertirse en Chris "Izzy" Cole.
Rock Star es esa joya que muchos recordamos con una mezcla de nostalgia, cariño y un "no me puedo creer que esto existiera".
Es una película que no solo habla de música, sino que captura como pocas ese sentimiento tan de fan: la obsesión. Ese que te hace tener la habitación empapelada de posters y ensayar los solos de guitarra frente al espejo hasta que te crees que eres el protagonista de la gira.
Nos cuenta lo que pasa cuando dejas de mirar el póster para meterte dentro de él, cruzando esa línea peligrosa entre admirar a tus ídolos y convertirte en una copia perfecta.
Así que, vamos a desgranar por qué este "falso biopic" ( que por cierto, este año cumple 25 años) inspirado en los excesos de los 80 tiene, en realidad, mucha más mugre y verdad de la que aparenta.
Lo reconozco: si pillo Rock Star empezada en la tele, ya me pueden estar llamando para cenar, que de ahí no me muevo. Y la he visto demasiadas veces. Es una película hipnótica. Da igual que te sepas los diálogos o que no sea de las mejores; tiene algo que te obliga a quedarte. Quizás sea ver cómo un tipo normal, se sube al escenario y le da una lección a sus propios ídolos.
O quizá sea simplemente que ver a Mark Wahlberg vestido de cuero y ese pelucón tiene un punto cómico-mágico del que es imposible apartar la vista.
Es una película de "confort", de esas que te pones cuando quieres recordar por qué el rock antes era mucho más divertido (y bastante más llamativo, las cosas como son). Y porque, en el fondo, todos nos proyectamos un poco en esa cara de flipado que pone Chris cuando pisa el jet privado por primera vez. Es el placer culpable definitivo: sabes que es un poco fantasmada, pero la disfrutas de principio a fin.
El fan que se pasó el juego: De las fotocopias al escenario
La premisa es un "qué pasaría si..." de manual.
Tenemos a Chris Cole, un chaval sencillo con una relación excelente con su familia y con una novia que le apoya en todo.
Por el día arregla fotocopiadoras (un trabajo apasionante, ya ves) y por la noche se transforma en el líder de Blood Pollution, una banda tributo a sus dioses: Steel Dragon.
Pero Chris no es el típico que rinde homenaje a su grupo favorito; el tío es un enfermo del detalle.
Es ese pesado que para el ensayo porque el bajista ha dado una nota un milímetro más grave de lo que suena en el disco original de 1982. Es el purista definitivo, el fan que está obsesionado por calcar cada vibrato, cada movimiento de cadera y hasta el último remache de la chupa de cuero del cantante de Steel Dragon, Bobby Beers.
Y claro, pasa lo que tiene que pasar: sus compañeros, hartos de su tiranía de fan fatal, le dan la patada y le echan de su propio grupo.
Pero el karma, que a veces es rockero, decide que justo en ese momento Bobby Beers también se ha ido a la calle.
De repente, Chris recibe la llamada que todos hemos soñado mientras cantamos en la ducha: sustituir a Bobby Beers. Pasa de que sus amigos le manden a paseo a que sus ídolos le llamen porque es el único que puede salvarles la gira. Es el ascenso más meteórico de la historia.
Y a partir de ahí, la película se transforma en una montaña rusa de excesos que es pura fantasía ochentera (aunque se rodara en 2001).
Empiezan las giras interminables, los hoteles destrozados, el champán (y lo que no es champán) cayendo como si fuera agua y ese sentimiento de invencibilidad que solo te da el rock and roll.
La peli capta de lujo ese contraste: de cenar con tus padres en un barrio de clase obrera a tener a miles de tíos coreando tu nombre y a modelos peleándose por entrar en tu camerino.
Y ver la cara de Wahlberg cuando entra en esa mansión por primera vez es oro puro; es la cara que pondríamos cualquiera si cumplimos nuestro sueño y sin poder creerlo.
El "biopic" que Judas Priest no quiso firmar
Si estás puesto en la historia del rock, puede que esta historia te suene de algo, ¿verdad?
Aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad. Si rascas un poco, te das cuenta de que esta película es lo que se podría llamar un biopic disfrazado. Porque aunque parezca una flipada de guionista, de esas que dices “no pasaría jamás en la vida”, la base de Rock Star es real.
Todo esto está basado/inspirado en la historia de Tim "Ripper" Owens, un tipo que se ganaba la vida en una banda tributo llamada British Steel y que, de la noche a la mañana, terminó sustituyendo al mismísimo Rob Halford en Judas Priest.
Imagínate el percal: pasar de cantar en bares de mala muerte a grabar discos con los tíos que inventaron el género.
Aunque la peli se toma sus licencias (porque Hollywood siempre necesita meterle más drama y que todo se vea más eṕico), la esencia de "el fan que llega a la cima" es la misma.
El caso es que no fue “casualidad” y sí que iba a ser un biopic de verdad.
Al principio, el proyecto no se iba a andar con rodeos: se iba a llamar Metal God (que es el apodo de Rob Halford, el mítico cantante de Judas Priest) y la idea era contar la historia real de la banda con pelos y señales. De hecho, los propios miembros de Judas Priest estuvieron metidos en el ajo al principio, soltando anécdotas internas y guiando a los productores para que la peli tuviera ese aroma a cuero y realidad.
Pero claro, en Hollywood las cosas nunca son fáciles. Hubo líos de agenda, no se ponían de acuerdo con el guión y, al final, la banda pasó de todo y no firmaron la “oficialidad”.
Pero como en el cine no se tira nada decidieron hacerla igual y lo reciclaron todo para no tener problemas, claro. Cambiaron los nombres, se inventaron a los Steel Dragon y listo, ya tenemos película.
Y saber que a un chico llamado Tim le pasó de verdad, le da a la historia un aura de autenticidad que te hace perdonarle cualquier fantasmada.
El Olimpo del Metal: Cuando los actores dejan paso a los grandes
Y no es lo único real en la película. Lo que hace que Rock Star suene de verdad y no parezca un concierto de AliExpress, es que los que están en el escenario, detrás de Wahlberg, no son actores fingiendo que saben poner un acorde. Bueno sí, nos colaron a Dominic West como guitarrista y líder de la banda, pero ese papel llevaba más peso y claro, ya sí era necesario un actor de verdad.
¡Pero es que tenemos a Zakk Wylde en la otra guitarra, por el amor del Metal! Ver al guitarrista de Ozzy Osbourne soltando riffs que te despeinan, es lo que le da a la película ese peso.
Y no está solo, que al lado tiene a gente como Jeff Pilson, el bajista de Dokken o a Jason Bonham, hijo del batería de Led Zeppelin, el mítico John Bonham.
Sin duda, en la parte musical nadie puede criticar nada a esta película, porque sabían lo que hacían.
Por eso, cuando los Steel Dragon tocan, la habitación retumba de verdad; no es ese sonido enlatado de otras pelis, ni cuando ves a la banda en pantalla parecen un grupo de actores disfrazados. Son tíos que llevan el rock en la sangre y que saben perfectamente lo que es quemar un amplificador.
Eso sí, por si alguien se lo preguntaba, aunque no lo creo porque es evidente pero, Mark Wahlberg no canta de verdad. Sí, el tío se lo curra muchísimo con el playback y pone unas caras de intensidad que te lo crees, pero esos agudos imposibles que te revientan los oídos son de Miljenko Matijevic (del grupo Steelheart) y de Jeff Scott Soto.
Y sí, él era cantante en sus inicios. Quizá los más jóvenes no lo sabían, pero era un rapero llamado Marky Mark… los más millennials sí lo recordamos, aunque a lo mejor muchos preferían tener ese recuerdo bloqueado… No por nada eh, pero Mark (a secas) se ganó mucho más respeto en la actuación desde luego.
Así que sí, de música sabe. Sin embargo, el glam metal es otra historia y hasta ahí su voz no llegaba. Pero oye, gracias a eso tenemos una música que es puro fuego y que suena increíble en cada escena de concierto.
Y hablando de música, sí, hay que hablar de la música. Porque en una peli que se llama Rock Star, si la banda sonora falla, apaga y vámonos. Y aquí, creo que la mayoría llegamos por la música.
Lo que hicieron fue una jugada maestra: mezclaron clásicos absolutos de los 80 que todos amamos con canciones compuestas exclusivamente para la película que no tienen nada que envidiar a los hits de la época.
Tienes por ahí sonando temazos de Mötley Crüe, Def Leppard, Bon Jovi o Kiss que te sitúan al instante. Pero lo que de verdad me vuela la cabeza son los temas propios de Steel Dragon.
Canciones como "Stand Up" o "Blood Pollution" son tan buenas, tan auténticas, que si me dices que son descartes de un disco de Skid Row de 1989, me lo creo.
Y por supuesto, está "We All Die Young". Para mí, es el himno absoluto de la peli.
Ese inicio, la potencia de la voz... es de esas canciones que te hacen querer subir el volumen hasta que los vecinos llamen a la policía. Es, sin duda, una de las mejores cosas de la película; le da una credibilidad que se siente el espíritu de una era que, musicalmente, era imbatible.
Jennifer Aniston: El ancla de cordura entre tanta laca y descontrol
No podemos nombrar Rock Star y quedarnos solo en los abdominales de Mark Wahlberg o en los solos de guitarra. Tenemos que mencionar a Jennifer Aniston.
En aquel momento, Jennifer era la reina absoluta de la televisión; media humanidad estaba obsesionada con su pelo en Friends y con su imagen de "novia de América". Por eso, verla metida en este jardín, con esas chaquetas de flecos, el flequillo rockero y moviéndose entre furgonetas mugrientas y hoteles destrozados, mientras por otro lado la teníamos como Rachel Green o protagonizando comedias románticas, fue un choque total.
Su papel como Emily es, para mí, el verdadero motor de la película. Mientras Chris se pierde en el personaje de "Izzy" y se cree el rey del mundo porque tiene un jet privado, Emily, su novia, es la que le recuerda quién es de verdad. Es la que le da sentido a la historia; sin ella, la peli sería solo una sucesión de tíos gritando y tirando televisiones por la ventana.
Y detalle para los muy cafeteros: ella también canta. Son apenas unos segundos, en una escena íntima donde se pone a tararear, pero es un momento precioso porque te baja las revoluciones de la película y te recuerda que, detrás de la parafernalia de Steel Dragon, hay personas de carne y hueso.
Y ojo a la curiosidad que quizá no sabías: el papel de Chris fue ofrecido a Brad Pitt. Sí, 2001. Aún estaba casado con Jennifer Aniston. El caso es que lo rechazó por diferencias creativas y no sabemos si Aniston ya estaba en el proyecto o no y sí, de ser así, lo habría aceptado o tampoco, pero nos perdimos la oportunidad de ver al matrimonio más famoso de esa época compartiendo pantalla en el cine.
Aquellos maravillosos (y excesivos) años 80
Si algo te entra por los ojos desde el minuto uno es cómo han clavado la estética de la década. No es solo poner a cuatro tíos con peluca; es capturar esa atmósfera donde el exceso era la norma. Se nota a leguas que el equipo de arte se empapó de la iconografía de bandas como Mötley Crüe. Ese rollo de cuero negro, tachuelas hasta en las cejas y esa oda visual a una era donde el rock no solo se escuchaba, sino que se lucía con orgullo.
La influencia de la escena glam de California impregna cada plano: desde los chalecos de flecos que lleva Jennifer Aniston hasta los pantalones de cuero de Wahlberg. Es ese estilo visual que buscaba que todo pareciera una fiesta interminable, brillante y peligrosa a la vez.
Eso sí, si te pones muy tiquismiquis, verás que hay algún que otro detalle fuera de lugar, algún anacronismo que se les escapó (ya sabes, detalles que parecen haber viajado en el tiempo desde los 90), pero sinceramente, como detalle de pasada se queda en nada comparado con el trabajazo de ambientación que hicieron. Te meten tan de lleno en esa burbuja de estadios llenos y hoteles destrozados que te olvidas de los errores.
Ser el ídolo tiene un precio: El final de la fiesta
Llegando al desenlace, la película te da un golpe de realidad de esos que duelen.
Izzy Cole, que ha pasado toda su vida intentando ser una fotocopia perfecta de Bobby Beers, se da cuenta de que ha ganado el mundo pero ha perdido su nombre.
En medio de los estadios llenos y el descontrol, hay una escena que lo resume todo: cuando intenta aportar sus propias canciones y la banda le recuerda que solo es un "empleado" con buena voz.
No quieren su talento, quieren que siga siendo el muñeco que calca los gestos que los fans esperan y lo han convertido en un producto, en un "repuesto" de lujo que tiene que portarse bien y no dar problemas.
Ese contraste entre el subidón de los conciertos y la frialdad de los camerinos es lo que mejor retrata la película. El momento en el que se apagan las luces y te das cuenta de que el traje de Dios del Rock te queda demasiado grande (o demasiado pequeño, según se mire)
Sin entrar en detalles que te arruinen el final si no la has visto, la película cierra el círculo de una forma muy honesta con la época. Vemos cómo el protagonista tiene que decidir si prefiere seguir siendo una sombra famosa o volver a ser ese Chris Cole que, aunque arreglaba fotocopiadoras, al menos era dueño de su propia voz.
Es un final con un guiño directo al cambio de década y a cómo el rock de estadio empezó a dejar paso a sonidos más crudos y reales.
¿Por qué la seguimos viendo?
Al final, la pregunta es inevitable: ¿por qué después de 25 años nos sigue enganchando esta película? No es porque sea perfecta, ni porque el guión sea una maravilla literaria. Los críticos no fueron muy amables y tiene momentos que rozan la parodia, pero da igual. Rock Star es necesaria porque es honesta.
No intenta ser una lección de historia, sino un viaje emocional a ese lugar donde todos hemos estado: el de la admiración absoluta. Es una película que entiende que el rock no es solo música; es un estado mental, una válvula de escape y esa fantasía y sentimiento que te salva en tus peores días.
Me quedo con la música, con la mirada de quien sabe que ha cumplido su parte y con la certeza de que, mientras haya alguien soñando con un acorde, el rock siempre será nuestro refugio.
¡Larga vida al Metal!













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