Si eres de los que aún no ha superado el final de la tercera temporada de The O.C. o sigues pensando que la identidad de Gossip Girl fue el mayor timo de la historia de la televisión, siéntate, porque tenemos que hablar.
Hubo una época en la que nuestras preocupaciones se dividían entre el código postal 92625 de Newport Beach y el Upper East Side de Nueva York.
Fue la guerra fría de los adolescentes: ¿Costa Este o Costa Oeste? ¿Ryan Atwood o Chuck Bass? Vamos a analizar este "copy-paste" de lujo que definieron una era de la televisión y nos cambió la vida.
Ambas son hijas del mismo cerebro: Josh Schwartz, un genio precoz que creó la primera con solo 26 años y luego se unió a Stephanie Savage para darnos la versión neoyorquina que venía de una serie de libros. Por eso tienen ese ADN común: diálogos rápidos, dramas a destajo, referencias pop y una música que te daban ganas de comprarte un iPod inmediatamente.
Manhattan vs. Newport Beach: El lujo que duele (o que quema)
La premisa es la misma pero cambiando de costa: un "outsider" se infiltra en un mundo de dinero que le viene grande. En California tenemos a Ryan Atwood, el chico de la camiseta blanca y los puños cerrados que llega de Chino, un barrio chungo, a la mansión de los Cohen. En Nueva York, Dan Humphrey es el "chico solitario" de Brooklyn que se cuela en el mundo de Serena. La diferencia es que mientras Ryan intentaba encajar (o al menos no pegar a nadie), Dan quería diseccionar ese mundo... aunque luego resultó que quería ser el rey del mismo.
El ambiente lo cambia todo. En The O.C. el lujo es soleado, de mansiones con piscina y fiestas en la playa que huelen a protector solar y secretos. En Gossip Girl, todo es aún más ostentoso. Es frío, de mármol, obras de arte que cuestan el sueldo de una vida y limusinas. Aquí no se va a la playa, se va a las escaleras del Met y la posición social lo es todo.
Mientras en California el drama se soluciona con un "Welcome to the O.C., bitch", en Nueva York un post anónimo te arruina la vida antes del almuerzo.
El espejo de los personajes: ¿Quién es quién?
El "reciclaje" de personajes entre ambas series es fascinante, pero cada una le dio su toque:
Las "It Girls" trágicas (Marissa vs. Serena):
Eran casi la misma persona. Rubias, altísimas y con madres que preferían un martini a una charla terapéutica. Marissa Cooper era la tragedia pura: alcohol y ese final en la carretera que nos dejó en shock. Serena van der Woodsen era más de "tengo que irme" cada vez que algo se ponía feo. Marissa siempre pareció más rota; Serena siempre caía de pie.
Ambas cargaban con el peso de ser el epicentro de todas las miradas, pero gestionaban el drama de forma opuesta. Mientras Marissa se hundía en una espiral de autodestrucción (aquella mítica escena en Tijuana con los sombreros mexicanos es icónica), Serena utilizaba su magnetismo para salir impune de cualquier lío. Eran imanes para los problemas y expertas en boicotear sus propias relaciones, pero mientras a una la envolvía una melancolía que traspasaba la pantalla, la otra salía airosa con una sonrisa y un vestido de alta costura.
Las "Abejas Reina" (Summer vs. Blair):
Empezaron siendo las mejores amigas superficiales y acabaron siendo las favoritas.
Summer Roberts era el pegamento de la serie, pasando de decir "ew" a ser un personaje brillante e imprescindible. Blair Waldorf, por su parte, se ganó su corona de Queen B y fue uno de los mejores personajes de la historia de las series adolescentes. Su relación con Chuck Bass hizo que Serena pareciera aburrida a su lado.
Ambas empezaron a la sombra de Marissa y Serena, pero las devoraron a base de carisma. La diferencia es que Summer usaba su lengua afilada como defensa, pero en el fondo era el corazón del grupo; maduró una barbaridad sin perder su chispa californiana. Blair, en cambio, era una estratega militar con diademas de Chanel. Disfrutaba del poder, de las intrigas y de hundir a sus enemigos con una sonrisa gélida. Pero también mostró en muchas ocasiones que tenía su corazoncito.
Rachel Bilson solo iba a salir de forma muy recurrente en la primera temporada, de hecho ni siquiera estaba incluida en los créditos iniciales, pero su chispa y desparpajo natural y su química con Adam Brody funcionaron tan bien, que tanto los ejecutivos como el público la adoraron y se robó el show entero.
Para Leighton Meester el drama fue el pelo. En los libros Blair es castaña, pero Leighton se presentó al casting con su rubio natural. Como Blake Lively ya era la rubia oficial, los ejecutivos no lo veían claro y le encasquetaron una peluca morena que quedaba de pena y para demostrar su compromiso, antes del casting final se compró un tinte barato y se lo dio ella misma en el baño de su casa. No solo consiguió el papel, si no que su increíble actuación la convirtió en favorita indiscutible. Dos leonas que entraron de secundarias y salieron coronadas como las verdaderas reinas de la televisión de los 2000.
Los chicos "raros" que enamoraban (Seth vs. Chuck):
Aquí no hay color. Seth Cohen inventó el Chrismukkah y nos hizo creer que ser un bicho raro con un barco llamado Summer, era guayl. Chuck Bass era... bueno, Chuck Bass. Un tipo que iba en bufanda al instituto y hablaba como si estuviera en una peli de cine negro. Uno era el novio que querías presentar a tus padres; el otro era el que sabías que te iba a destrozar la vida (pero ibas igual).
Lo mejor de estos dos es que representan las dos caras del dinero. Seth utiliza la pasta de su familia para encerrarse en su burbuja de cómics de superhéroes, música indie de Death Cab for Cutie y sarcasmo autocrítico; es el friki adorable que humaniza el ambiente superficial de Newport.
Chuck, en cambio, utiliza los millones de su padre como escudo para ocultar sus traumas, refugiándose en el alcohol, el lujo desmedido y una chulería que traspasaba la pantalla y te atrapaba por completo.
Los padres ¿ejemplo o pesadilla?
Aquí The O.C. gana por goleada. Sandy y Kirsten Cohen son los mejores padres de la televisión; Sandy, con sus cejas imponentes y sus consejos mientras comía un bagel, era el ancla de la serie. En el bando de los buenos de Nueva York el único que le hacía un poco de sombra era Rufus Humphrey, que iba de padre enrollado haciendo gofres caseros en Brooklyn mientras recordaba sus años de estrella de rock de los 90.
En Manhattan, sin embargo, los padres eran casi peores que los hijos. Bart Bass era básicamente un villano de Disney con hoteles en propiedad, cumpliendo el rol exacto del tiburón implacable que fue Caleb Nichol en la Costa Oeste, ambos tiranos y casados estratégicamente con la madre de la protagonista. Y ahí es donde entra Lily van der Woodsen, un personaje fascinante porque es un híbrido perfecto entre las dos madres de California.
Por un lado, Lily tiene ese toque total de Julie Cooper: se casó más veces que Taylor Swift ha escrito canciones de ruptura, buscaba maridos ricos y chocaba constantemente con su hija al intentar encauzarla sin ser precisamente el mejor ejemplo de virtud. Aunque Julie tenía más mala leche. Porque por otro lado, Lily comparte la esencia de Kirsten Cohen. Más allá de que físicamente parecen clones separados al nacer, Lily escondía un fondo de buenas intenciones y un instinto protector real hacia su familia que la salvaba de ser una villana fría. Pero la bondad de Kirsten era más notable.
Por su parte, Jimmy Cooper, el padre de Marissa y el Capitán Archibald, padre de Nate eran almas gemelas: dos señores trajeados que iban de modélicos y acabaron huyendo de la justicia por estafas financieras, dejando a sus familias en la ruina.
Y luego estaba el club de los "padres fantasma", donde entran Eleanor Waldorf, la madre de Blair y el Dr. Roberts, el padre de Summer. Ambos representan a la perfección esa élite tan ocupada en facturar que se enteraban de la vida de sus hijas de milagro.
Eleanor estaba obsesionada con su marca de moda y el Dr. Roberts era un cirujano plástico reputado que se pasaba el día en el quirófano y cuya trama más loca fue acabar saliendo con la propia Julie Cooper. No eran malos padres, simplemente eran ejecutivos con agenda VIP que delegaban la educación de sus hijas en las criadas o en las tarjetas de crédito.
En Newport Beach los padres al menos intentaban educar; en el Upper East Side, te criabas con una copia mejor vestida de tus propios defectos.
Tramas locas y las bandas sonoras que cambiaron nuestro MP3
El ritmo de los guiones de ambas series era una auténtica locura.
The O.C. es el ejemplo perfecto de televisión kamikaze: quemó cartuchos tan rápido que en su primera temporada (de 27 capítulos, que se dice pronto) pasó de todo. Nos metieron un incendio provocado, una sobredosis en Tijuana, un tiroteo y hasta un embarazo falso. Hicieron en un año lo que otras series tardan cinco en desarrollar.
Gossip Girl tuvo dos temporadas más para cocerlo todo más lentamente, pero no se quedó atrás en cuanto a idas de olla; se volvió loca a base de accidentes de coche sospechosos, falsas identidades y bodas reales con príncipes de Mónaco. ¿La revelación final de la Reina Cotilla? mejor ni hablamos, pero oye, nos lo tragamos. No buscaban la lógica, buscaban que al día siguiente todo el instituto hablara de ello. Y vaya si lo lograron.
Pero si las tramas eran un torbellino, el verdadero motor de ambas ficciones que hacía que algunas escenas se nos marcaran más a fuego, fue la música. Eran series que se escuchaban tanto como se veían.
The O.C. se convirtió en el templo del rock alternativo y el indie de los 2000. Josh Schwartz utilizaba el bar de la serie, el Bait Shop, para traernos los conciertos de unas jovencísimas bandas llamadas The Killers o Modest Mouse. Lograron que grupos desconocidos se volvieran gigantes y nos regalaron ese momento traumático e icónico del final de la segunda temporada con el disparo al ritmo de "Hide and Seek" de Imogen Heap. Por no hablar de la mítica California de Phantom Planet que suena en su intro. ¿Quién no se enamoró de esa canción?
Gossip Girl, en cambio, reflejaba el ritmo vibrante y nocturno de Nueva York. Su banda sonora era mucho más electrónica, pop y comercial, convirtiéndose en el escaparate perfecto para los temazos de Sum 41, Florence + The Machine, Lady Gaga o The Pierces. Dejaron claro que para contar la vida de los ricos de Manhattan hacía falta un sonido que transmitiera lujo, peligro y muchas ganas de salir de fiesta.
Curiosidades y el crossover que la vida nos regaló
Hay datos para expertos que demuestran que Josh Schwartz es un juguetón. En el último episodio de Gossip Girl, presenciamos un guiño brutal para los fans y la forma definitiva de conectar ambas series: la aparición de Rachel Bilson (nuestra Summer de The O.C.) haciendo un casting junto a Kristen Bell y leyendo, precisamente, las líneas de Blair Waldorf. Ver a la reina de Newport intentando encarnar a la reina de Manhattan fue el meta-momento más increíble de la década y la confirmación oficial de que compartían el mismo ADN.
Y si hablamos de mutaciones de personajes, Shailene Woodley fue la primera Kaitlin Cooper (la hermana pequeña de Marissa) antes de que la mandaran a un internado y volviera con otra cara: la de Willa Holland. Lo curioso es que la propia Willa acabó cruzando el mapa hacia Nueva York para meterse en el Upper East Side, donde interpretó a Agnes Andrews, aquella modelo caótica y rebelde que terminaba quemando la colección de ropa de Jenny Humphrey.
Pero la conexión que de verdad nos hizo estallar la cabeza (y el corazón) ocurrió fuera de la pantalla: Leighton Meester (Blair) y Adam Brody (Seth Cohen) están casados en la vida real desde 2014. Es una auténtica locura poética; Este matrimonio es la guinda del pastel para toda una generación seriéfila. Es el crossover definitivo que nunca tuvimos en televisión, pero que la realidad se encargó de regalarnos para cerrar el círculo de nuestra adolescencia y demostrarnos que, al final, Newport Beach y el Upper East Side estaban destinados a entenderse.
Conclusión: ¿Team Bagel o Team Martini?
Al final, elegir entre The O.C. y Gossip Girl es como elegir entre papá y mamá (si tus padres fueran multimillonarios y vivieran en una serie de la CW, claro).
The O.C. fue un viaje mucho más emocional y familiar; nos dio el corazón, el refugio de los Cohen, el indie y a un Seth Cohen que nos enseñó que ser raro era un superpoder. Gossip Girl, por el contrario, apostó por una radiografía mucho más social y venenosa; nos dio el cinismo, la moda inalcanzable, a una Blair Waldorf legendaria y la intriga constante de la Reina Cotilla.
California era el sitio donde querías irte de vacaciones, pero Nueva York era el sitio donde querías irte de fiesta. Una nos enseñó a madurar a base de golpes duros y la otra a sobrevivir jugando sucio para escalar socialmente.
Y tú, ¿de qué bando eres? ¿Prefieres un desayuno de bagels con Sandy Cohen en la cocina o un brunch con mimosas en el Palace rodeado de gente que te odia?
¡Te leo en los comentarios! XOXO















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