Romy y Michele o cómo superar el instituto diez años después y con tacones imposibles

Si hay una película que encaja sospechosamente bien con casi todos mis gustos, esa es “Romy y Michele”.


Comedia tonta, noventera hasta decir basta, música ochentera, instituto, ajuste de cuentas emocional, dos protagonistas rubias consideradas “bobaliconas” por el mundo entero y Lisa Kudrow. O sea, perfección absoluta. Vamos, que si esto no es jugar sobre seguro, yo ya no sé. 




Y aun así, “Romy y Michele” sigue siendo una de esas películas que no suelen salir en las listas obvias. No es Titanic, ni Pretty Woman. No ganó premios, no cambió la historia del cine y nunca intentó ser profunda. 


Pero aquí seguimos, décadas después, recordando sus looks, sus frases y esa sensación tan concreta de “esto no debería gustarme tanto… pero me encanta”. Y se ha quedado ahí, en la memoria colectiva de quienes la vimos en el momento justo de nuestra vida. 


Porque sí, esta película tiene algo. Y no es solo nostalgia. Y si no, que alguien me explique por qué los vestidos finales de Romy y Michele llevan años siendo un disfraz recurrente en Halloween.

Eso lo puede decir incluso Jessica Alba



No es otra peli de instituto (aunque lo parezca)


Y aquí está una de las claves. Películas sobre el instituto hay miles. La diferencia es que “Romy y Michele” no va de adolescentes. 


Romy y Michele tienen casi 30 años. Son bastante extravagantes y amigas de toda la vida. Viven juntas, salen a bailar, no tienen trabajos impresionantes ni novios de catálogo y, en general, no han cumplido ninguna de esas expectativas que se suponía que debían cumplir “a su edad”. 




Y aun así, ellas estaban estupendamente y bastante contentas con su vida. Hasta que aparece la temida reunión de antiguos alumnos y, claro, entran en pánico. Porque una cosa es vivir tan ricamente tu vida y otra muy distinta enfrentarte, de golpe, a toda la gente que te hizo sentir invisible, rara o directamente ridícula cuando tenías 17 años. 


Y, de repente, todo ese pasado que parecía enterrado vuelve con fuerza. Siguen cargando con el instituto a cuestas, como todos, pero sin fingir que ya lo han superado.

Porque el instituto, amigas, no se supera nunca del todo. Da igual los años que pasen.


La película juega con todos los clichés posibles del cine teen: las populares insoportables, las marginadas, el guapo imbécil, la rara, el empollón invisible, el rebelde misterioso… están todos. Pero aquí están exagerados, caricaturizados y llevados al extremo, casi como si alguien hubiera pensado: “¿y si lo hacemos todo aún más ridículo?”




Y ahí es donde funciona la parodia. Porque todos estos tópicos en adolescentes ya lo hemos visto mil veces, pero verlos en treinteañeros que siguen arrastrando esas historias… eso tiene otra gracia y otro punto. 



La mejor idea estúpida de la historia: inventarse los Post-it


Romy White (Mira Sorvino) trabaja de cajera en un concesionario. Michele Weinberger (Lisa Kudrow) está en paro. No son nadie según el baremo social. 


Así que deciden reinventarse: Conseguir buen trabajo, dos buenos novios y un buen coche. Vamos, lo primordial para tener éxito… Pero seamos realistas, eso no se consigue en dos días.


Entonces optan por la solución más lógica, más fácil que todo lo demás: mentir. Pero mentir fuerte. A lo grande. Diciendo que ellas son las que inventaron los Post-it. Porque claro, si vas a impresionar a tu promoción, no vas a decir que eres abogada de prestigio o arquitecta… Nada dice “no tengo ni idea de cómo funciona el mundo real” como atribuirte uno de los inventos más famosos del siglo XX con una sonrisa nerviosa.




Y ya que mienten, que sea con trajes de chaqueta, hombreras y una seguridad que no se creen ni ellas. Porque si vas a fingir éxito, hazlo con estética corporativa noventera.

La película no intenta que te tomes esto en serio. Al contrario: abraza el absurdo, se ríe de él y lo estira hasta que funciona.


¿Que discuten todo el camino porque no se ponen de acuerdo en quién tuvo la idea primero? Claro. ¿Que todo se desmorona? Evidentemente. ¿Que es maravilloso? También.


La reunión del instituto: el verdadero villano


Todo lo que pasa en la reunión es mejor verlo que explicarlo, porque ahí está gran parte del encanto de la película. Las miradas, las comparaciones, las inseguridades, las venganzas pequeñas y las grandes. Y sí, es exagerado. Y sí, es absurdo. Pero también es muy reconocible.


Si hay algo que “Romy y Michele” clava es la sensación de la reunión del instituto como evento traumático. No importa lo mayor que seas, ni lo bien que te vaya ahora.

Volver a ese espacio, con la misma gente, activa versiones antiguas de ti que creías enterradas.




La peli exagera todo, sí. Pero emocionalmente es muy certera: los roles no han cambiado tanto y hay gente que aún necesita demostrar que le va mejor que a los demás. 


Romy y Michele no quieren humillar a nadie. No quieren impresionar por ambición, ni por ego… quieren no volver a sentirse las pringadas de las que todo el mundo se reía. 

Muy humano todo, la verdad.


El humor: exagerado, tonto… y muy consciente


El humor de “Romy y Michele” es deliberadamente tonto. No busca sutilezas. Hay escenas que rozan lo surrealista, como el baile de Time After Time delante de todo el instituto, y otras que directamente parecen un sketch. Pero funciona porque sabe lo que es. No intenta ser lista. No intenta dar lecciones. Solo se ríe de todo.





La película sabe exactamente lo que es. No intenta ser lista, ni moderna, ni trascendente. Quiere ser exagerada, paródica y muy poco sutil.


La mayoría de films de este tipo trataban sobre crecer, madurar, cambiar. Aquí no. Aquí se asume que quizá no vas a convertirte en la persona que esperabas. Y aun así… puedes estar bien. 


No sigue el manual habitual. No hay discurso inspirador. No hay aplauso colectivo que lo arregle todo. Su “venganza” es mínima, casi ridícula.

Y precisamente por eso funciona. Porque no trata de ganar. Trata de dejar de perder.




Pero la peli nunca se ríe de Romy y Michele. Se ríe con ellas. Eso es clave.

Podrían haber sido caricaturas. Podrían haber sido un chiste cruel. Pero no lo son. La película las quiere. Y eso se nota en cada escena.


El reparto: absolutamente perfecto para este delirio


Mira Sorvino y Lisa Kudrow están impecables.


Lisa Kudrow podría leer la lista de la compra y seguiría siendo divertida. Se come la pantalla con esa energía tan suya que no se puede fingir. Aquí está completamente desatada, robando cada escena, pero sin eclipsar a Mira Sorvino, que también está perfecta en ese papel de inseguridad disfrazada de seguridad, que por algo es poseedora de un Oscar.


Y dentro de su seriedad, o toda la seriedad que se puede tener en esta película, sorprende su lado más cómico. 

Es imposible imaginar a otras dos actrices funcionando igual.


El reparto secundario tampoco se queda corto:

Janeane Garofalo es pura fantasía. Alan Cumming, Julia Campbell, Elaine Hendrix y un jovencísimo y, por entonces, desconocido Justin Theroux completan un elenco que eleva aún más la película. Todos encajan en este universo donde nadie es del todo real, pero todos son reconocibles.





Vestidos, música y escenas que no se olvidan


Los vestidos finales son historia del cine pop. No hay discusión posible.


Y la banda sonora… ochentera, perfecta.

Time After Time, Addicted to Love, Karma Chameleon… pero el golpe final llega con Heaven Is a Place on Earth de Belinda Carlisle, porque claro que sí. Porque si no terminas una película así con ese tema, ¿para qué has venido?


Hay escenas que no necesitas recordar enteras para saber exactamente cómo te hicieron sentir. Pero no son fáciles de olvidar. Como el sueño de Michele. Si se pudiera enmarcar una escena, esa debería estar en un museo. 


Por qué Romy y Michele sigue importando


Porque no es una película sobre triunfar en la vida. Es una película sobre darte cuenta de que igual no has triunfado según lo que te dijeron… pero tampoco pasa nada. Sobre cerrar heridas. Sobre la amistad. Y sobre reconciliarte contigo misma… aunque sea bailando delante de todo tu instituto.




Que a veces la mejor venganza no es demostrar que eres mejor, sino aceptar quién eres y darte cuenta de que ya no necesitas su aprobación.


No es una obra maestra. No pretende serlo. Pero dentro de su género, es perfecta.

Y si no la has visto, ya estás tardando. Y si la viste hace años… sabes que te apetece volver a hacerlo. La tienes en Disney + por si acaso.


Porque si, no inventaron los Post-it, pero pocas películas han entendido tan bien lo que significa sobrevivir al instituto… incluso cuando ya eres adulta.





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