Popular: La serie menos popular de Ryan Murphy

 Si no has visto ninguna serie de Ryan Murphy en las últimas dos décadas, es que probablemente vives debajo de una piedra. El creador de Glee, American Horror Story o Monster lleva años dominando la televisión. Sin embargo, casi nadie se acuerda del primer cimiento de su imperio.

Mucho antes de sus grandes éxitos, Murphy debutó en 1999 creando, junto a Gina Matthews, una joya incomprendida que hoy en día es de culto absoluto: Popular.



Hermanastras y enemigas

Para entender el fenómeno de Popular hay que viajar a 1999. Si sintonizabas la tele, te encontrabas un monopolio de dramas adolescentes intensitos, casi todos de la mítica cadena The WB, donde los protagonistas hablaban como filósofos de cuarenta años y sufrían por amor con música triste de fondo. En mitad de ese panorama, nos plantaron una serie con una premisa que, sobre el papel, parecía el típico culebrón de manual.

Nos situamos en los pasillos del instituto Kennedy High. Por un lado tenemos a Brooke McQueen, la chica perfecta: rubia, guapísima, de clase alta y capitana de las animadoras. La reina indiscutible. Por el otro está Sam McPherson, la chica antisistema que pasa olímpicamente de la moda y edita el periódico escolar. Se odian a muerte, representan los dos extremos opuestos de la fauna escolar y se lanzan dardos envenenados cada vez que se cruzan.

Hasta ahí, vale, compras el cliché. El giro de guion definitivo, el que verdaderamente pone en marcha el motor de la serie, llega cuando el padre soltero de Brooke y la madre viuda de Sam se conocen en un crucero, se enamoran, se comprometen y deciden mudarse todos juntos. ¡Boom! Las dos archienemigas del instituto se ven obligadas, de la noche a la mañana, a compartir baño, desayunos y a fingir que son una familia feliz. El marrón de sus vidas y el detonante de una guerra fría doméstica.


Cualquiera habría pensado que la serie iría de ver cómo se acaban haciendo amigas a base de llorar juntas por sus desamores, pero los creadores tenían sus propias normas y desde el primer minuto dejaron claro que esto iba a ser otra cosa. 

El caballo de Troya: Mucho más que un drama adolescente

Aquí es donde la serie pegaba el volantazo y destrozaba todas las expectativas. Mientras las demás ficciones de la época nos tenían acostumbrados a los triángulos románticos de "¿con quién se quedará?" y a las hormonas desatadas, aquí los romances quedaron en un plano secundario. Popular se centró en lo que de verdad importa cuando tienes dieciséis años: descubrir quién eres. Y lo hacía a través de la brutal, despiadada y sangrienta lucha por la popularidad.

Esta serie inventó las reglas tal y como las conocemos hoy. Antes de que llegara Chicas Malas a explicarnos la ley de la selva del gimnasio, o de que Gossip Girl dividiera Nueva York entre la élite y los marginados, Popular ya nos enseñó que el instituto es un sistema de etiquetas sociales que te define para siempre. Una mesa de comedor te la asignan o te excluyen según cumplas los estándares, el estilo de tu ropa decide si existes o eres invisible, y mantener la corona de reina requiere tácticas de estrategia militar dignas de Juego de Tronos.



Lo maravilloso de la serie es cómo retrataba esa jerarquía. Por un lado, plasmaba la crueldad absoluta, las humillaciones públicas y el vacío que te hacen cuando no encajas en esas reglas. Pero por el otro, en lugar de darnos discursos moralistas o lecciones de vida baratas, utilizaba esa tortura social para hacer comedia. Nos mostraba que la obsesión por el estatus es tan ridícula y exagerada que la única forma de sobrevivir es riéndote de ella.

Sentó un precedente absoluto: nos demostró que la lucha por el poder en los pasillos de un colegio puede ser mucho más adictiva, salvaje y madura que cualquier historia de amor empalagosa.

Una serie adelantada a su tiempo

Si hay una razón por la que Popular estaba a años luz de cualquier cosa emitida en 1999 y que hacía a esta serie ser una obra de arte, es que jugaba a un juego que la televisión de la época ni siquiera entendía. Las series de entonces ponían un tono poético y unos discursos de diez minutos super intensos sobre por qué todo es tan complicado. Popular, en cambio, era dolorosamente realista. Te hablaba a la cara y sin rodeos con diálogos rápidos cargados de ironía y mala leche. Su primera frase ya entraba fuerte: ¿Has probado alguna vez a ponerte desnudo delante de un espejo y mirarte? Pero mirarte de verdad. Yo sí, y fue totalmente horroroso”.



Ojo, que en esa época había otras ficciones maravillosas que también reflejaban la realidad adolescente de forma honesta, como Freaks and Geeks o Es mi vida. Pero ahí es donde Popular volvía a ser diferente. También tiraron por el camino de una sátira salvaje, un humor negro finísimo y un surrealismo que, en ese momento, era marciano. No había término medio. Decidió ser las dos cosas a la vez, todo el tiempo, y sin pedir perdón.

La serie funcionaba con un contraste constante que te volaba la cabeza. Siempre usando la popularidad como seña de identidad, en lugar de dirigirla a la superficialidad como pensaban muchos que solo veían la primera capa, ellos metían el dedo en la llaga con temas que la televisión de entonces prefería barrer debajo de la alfombra. Como los trastornos de la conducta alimentaria, el abandono familiar, que a una chica gorda no la dejaran ser animadora porque estaba gorda, el despido de una profesora transexual, las palizas homófobas a estudiantes o el racismo cotidiano al ir a comprar a una tienda.


Y lo mejor es que no trataba los problemas de los adolescentes como "fases" o dramas pasajeros. Cuando Popular se ponía seria, lo hacía con una crudeza que impactaba. Sin filtros edulcorados ni discursos moralistas con música de piano. Te enseñaba que los buenos no siempre ganan, que no todo se soluciona y que la vida está llena de gente que sobrevive hundiendo al más débil. Que una serie te hablara así con 15 años te daba una bofetada de realidad que nadie más hacía en ese momento y que te marcaba para siempre. Tanto que aquí estamos, un cuarto de siglo después, recordándola al dedillo.

Pero, justo cuando tenías el nudo en la garganta, rompían las reglas de la lógica y te metían un chute de surrealismo absoluto: un personaje con un delirio monomaníaco (hola, Mary Cherry), el secuestro del agente de compras de una actriz o un exorcismo en mitad del baño de chicas. Muchísimas perlas que parodiaban absolutamente todo. Solo una serie como esta podía dedicarle un episodio entero a la menstruación referenciando a La letra escarlata y conseguir que fuera el mejor de la temporada. O versionar los especiales de Navidad adaptando a Dickens o a Qué bello es vivir desde el absurdo más absoluto.



Ese choque de tonos no era un error de guion; era una decisión brillante. Los creadores entendieron antes que nadie que la única forma de soportar lo cruel que es el instituto es distorsionándolo a través de lo absurdo y del humor negro. Usaban el surrealismo como un escudo para parodiar los clichés, demostrando que detrás de esa fachada de “serie sobre popularidad” había una de las críticas más ácidas e inteligentes que se han hecho nunca a la adolescencia.

En los 90, el público y las cadenas buscaban cajones ordenados, pero Popular era un torbellino. Dominaba el meta-humor mucho antes de que se pusiera de moda. Se atrevió a cerrar su primera temporada con un episodio que parodiaba y destrozaba, punto por punto, todos los clichés y giros que utilizaban las series adolescentes en sus últimos episodios: un número musical salido de la nada, la reconciliación de la pareja de turno, una muerte dramática inesperada, una boda, un desastre natural porque patata o alguien embarazada. Un capítulo que debería estar en un museo. Se reían de los vicios de la industria en su propia cara.



Popular era diferente porque demostró que se podía hacer crítica social y tocar temas tabú sin perder las ganas de meter un chiste surrealista en el siguiente plano.

Bienvenidos al Kennedy High: Clichés con muchas capas

Si para la premisa de la serie cogieron todos los tópicos del género, con los personajes hicieron exactamente lo mismo. Si miras la foto de grupo del reparto, puedes identificar en tres segundos el rol que le tocaría cumplir a cada uno en cualquier serie de los 90 o 2000. Estaban diseñados a propósito para ser el cliché absoluto. Pero aquí viene la magia: al igual que la propia serie, ninguno era lo que parecía.

En cuanto rascabas un poco la superficie, te encontrabas con personajes llenos de capas, contradicciones, traumas y una complejidad que ya quisieran para sí los protagonistas de los dramas serios de la época. Estaban escritos para que te importaran sus historias, para que les cogieras cariño o, bueno, quizá para caerte mal, pero jamás te iban a resultar indiferentes. Tenían personalidad, carisma y eran gente que fácilmente podía estar en tu instituto o ser tú mismo. Si solo veías la fachada que presentaba cada uno, pensabas: "Imposible, parecen casi una caricatura". Claro, es que así era. Pero si los mirabas un poquito más a fondo, podías identificarte en algo con cualquiera de ellos. De nuevo, jugaron con la genialidad.



  • Brooke McQueen (Leslie Bibb): 

Nos la vendieron como la típica Barbie superficial, la reina que solo se preocupa por su pelo y su estatus, y a quien odiarías desde el primer momento. Pero Brooke era el claro ejemplo de que hay que conocer la realidad de alguien antes de juzgarla. Recordad esa escena en la que Carmen le dice que daría lo que fuera por ser ella durante un minuto, y Brooke le confiesa que se rompió una costilla estornudando porque pesaba 40 kilos.

Detrás de su corona había una chica lidiando con el abandono de su madre, con una tremenda falta de autoestima, insegura y cargando con la presión asfixiante de ser perfecta, de tener que ser siempre lo que se espera de ella, lo que la convertía en un personaje dolorosamente humano. Alguien que aparentemente lo tiene todo fácil, pero que arrastra más problemas que la mayoría. Todos los que conocimos a Leslie Bibb aquí (en esta entrada os hablo de su carrera, por cierto) ya vimos lo que la industria por fin le está reconociendo ahora, el inmenso talento natural que tiene y su increíble habilidad para pasar del estado más cómico al drama más profundo. 



  • Sam McPherson (Carly Pope): 

La otra cara de la moneda. La rebelde con causa que supuestamente pasaba de la popularidad. Lo interesante de Sam es que la serie no la pintaba como una santa. Era orgullosa, a veces bastante hipócrita y se creía con una superioridad moral que molestaba incluso a sus propios amigos. Pero, en el fondo, solo buscaba ser auténtica, vivir sin etiquetas y pelear para que los populares no lograran quitarle a nadie su identidad ni su dignidad. Aunque, claro, ella misma también se veía tentada por esos focos de vez en cuando y, como todos, necesitaba sentirse aceptada, por mucho que fingiera que le daba absolutamente igual.

Su desprecio por las animadoras a menudo era solo un escudo para protegerse del rechazo y del dolor por la muerte de su padre, un trauma que la dejó marcadísima. A pesar de sus borderías y su increíble madurez, a veces se sentía como una niña perdida a la que te daban ganas de abrazar. Carly Pope le dio al personaje una fuerza arrolladora. Era la más joven del reparto de verdad y eso te hacía verla aún más real, pero además su actuación también lo fue. El duelo interpretativo que se marcaba con Leslie Bibb era oro puro; las dos actrices tenían una química brutal que elevó también a los personajes.



  • Harrison John (Christopher Gorham): 

El mejor amigo de Sam y el chico que se pasa media vida enamorado de Brooke. Era el prototipo de chico sensible y tierno atrapado en medio de la guerra escolar. Harrison funcionaba como el corazón de la serie, pero también como el reflejo de un dilema muy real: el de no encajar en el canon de masculinidad clásica del instituto. Con él, la serie no se cortó y protagonizó tramas tan duras e inesperadas como su propia lucha contra el cáncer.



  • Nicole Julian (Tammy Lynn Michaels): 

Nicole Julian caminó para que Blair Waldorf o Regina George pudieran correr. Esto es así. Hemos visto a muchas "malas" cortadas por este patrón a lo largo de los años, pero todas tendrían que pedirle permiso a Nicole. Es, posiblemente, el personaje más complejo de todos y uno de los mejores escritos de la televisión. Era la encarnación de la maldad maquiavélica y la mano derecha de Brooke, a quien le tenía una lealtad absoluta por haber asumido su puesto como segunda de a bordo. Pero la envidia que sentía por ella a veces salía a la luz y la empujaba a hacer cosas inimaginables. Era la que hacía el trabajo sucio y movía los hilos de la popularidad con una crueldad fascinante. Sus frases cargadas de veneno son historia de la televisión y estaba pensada milimétricamente para ser odiada, pero, al menos para mí, fue imposible.

Nicole no era mala porque sí. Detrás de esa fachada escondía una necesidad desesperada de aceptación, una sed de atención brutal y un pánico terrible a quedarse sola. De hecho, cuando quería, podía ser buena persona y lo demostró varias veces. El problema es que creía que solo siendo cruel y temida conseguiría el respeto que le faltó de pequeña y otras niñas eran crueles con ella. Con una madre que tampoco la aceptaba, Nicole se blindó y se convirtió en una máquina súper estricta de la popularidad. Un personaje fascinante defendido brillantemente por Tammy Lynn Michaels.



  • Mary Cherry (Leslie Grossman): 

Decir que Mary Cherry es un icono pop es quedarse cortos. Empezó siendo la paleta rica y excéntrica del grupo de las animadoras y acabó convertida en un torbellino surrealista que se comía la pantalla. Y a quien hiciera falta, porque ella haría lo que fuera por ser popular. Lo que fuera. Sus salidas de tono, sus delirios de grandeza, la relación con su madre (Cherry Cherry, grandísima también) y sus tramas, a cada cual más psicópata, ponían la nota de absurdo total en la serie. Divertidísima y totalmente única. Realmente creo que no hay nada comparable a ella en la televisión. Fue magistralmente interpretada por Leslie Grossman, quien aquí ya demostró por qué es una musa indiscutible de Ryan Murphy.



  • Josh Ford (Bryce Johnson): 

El quarterback del equipo de fútbol, el chico guapo que salía con la capitana de las animadoras (y con medio reparto femenino). El cliché del deportista, vamos. Sin embargo, Josh rompió el molde cuando mandó a paseo las expectativas de su padre y de todo el instituto para perseguir su verdadera pasión: el teatro musical, tocando de lleno el drama de la presión masculina. Estaba obsesionado con encontrar su propio camino sin seguir las normas que se suponía que alguien de su estatus tenía que cumplir. Quería romper con todo, pero eso sí, intentando no hacer daño a nadie por el camino.



  • Carmen Ferrara (Sara Rue): 

Carmen quería ser animadora a toda costa. Amaba la popularidad, pero no cumplía con el canon estético ni de peso que la dictadura de Nicole Julian exigía. Su personaje fue un auténtico faro a la hora de tratar la gordofobia y la presión estética en una época en la que la televisión era cruelmente gordófoba. Carmen demostró una fuerza y una dignidad arrolladoras: nos enseñó que tu cuerpo no te define y que debes luchar por lo que te propongas. No era la típica marginada que se quedaba llorando en un rincón; ella peleaba por sus sueños y, sin buscarlo, se convertía en un referente para otros grupos aún más excluidos.



  • Lily Esposito (Tamara Mello): 

La activista del grupo de las impopulares. Defensora de los animales, vegetariana y siempre metida en causas sociales. Lily era la brújula moral de la serie, aunque a veces pecara de intensa y sus métodos no fueran los mejores. Apoyaba y ayudaba a todos, incluidos sus enemigos, y era la única a la que la popularidad le importaba absolutamente nada. Su evolución a lo largo de las dos temporadas sirvió para tocar de frente temas tan necesarios como la confusión con la orientación sexual y la aceptación personal.



  • Sugar Daddy (Ron Lester): 

El protector del grupo de los chicos. Un chaval leal a muerte y más bueno que el pan, que aportaba el toque de barrio y autenticidad al Kennedy High. Servía de nexo entre los diferentes mundos del instituto: por un lado era deportista y popular, pero por el otro libraba sus propias batallas internas con el peso. La gente lo aceptaba, a él sí, pero él mismo, en muchas ocasiones, no. El añorado Ron Lester le dio al personaje un carisma tremendo.



  • Sra. Bobbi Glass (Diane Delano): 

La profesora de biología y el enemigo público número uno de los alumnos. Representaba la autoridad más cómica del centro: una auténtica tirana obsesionada con amargarles la vida. Pero, en el fondo, se preocupaba por ellos. Ella también había sido una impopular en sus años de instituto y sufría a solas, luchando con su propia identidad de género. Es una pena que la serie no profundizara mucho más en ese tema, porque era oro puro.



El rincón de los secundarios de culto

El universo de Popular era tan rico que hasta los personajes que salían cinco minutos te robaban el corazón por lo estrambóticos que eran. Es imposible olvidar a April Tuna (Adria Dawn), la chica a la que hasta los propios impopulares ignoraban, pero que era un personaje brillantísimo. O a Poppy Fresh (Anel López Gorham), la animadora que representaba a una minoría y que protagonizaba junto a Nicole y Mary Cherry algunos de los momentos más locos del equipo. Y, por supuesto, a Emory Dick (Hank Harris), el chaval que vivía en su mundo con sus negocios absurdos y que se atrevió a llevar a todos los populares a un juicio escolar. Eran secundarios de oro que hacían del Kennedy High un lugar inolvidable.





Las grandes genialidades que nos volaron la cabeza

Habiendo repasado a esta fauna de personajes tan al límite, es fácil entender que la serie no se cortaba un pelo a la hora de romper la lógica para regalarnos momentos que eran pura fantasía pop. Para sostener esa crítica tan bestia a la superficialidad, los creadores decidieron que el Kennedy High no tenía que ser un reflejo fiel de la realidad, sino un escenario exagerado, dramático y absolutamente desquiciado. Atento a estas locuras:

  • El Novak: 

En cualquier otra ficción juvenil, las chicas se reunían a cotillear en baños cochambrosos con puertas pintadas. Pero las divas de Popular necesitaban un cuartel general a su altura. Así que convirtieron el baño de mujeres en un salón de superlujo digno de un hotel de cinco estrellas. Inspirado en la actriz Kim Novak, tenía sofás de terciopelo, espejos con iluminación de cine y una galería con fotos de todas las reinas del instituto. Creo que cualquiera de los que íbamos a clase en esa época soñábamos con un baño así. Maravilla absoluta.



  • El bolso de Mary Cherry: 

Ya os he dicho que Mary Cherry era única, pero es que su bolso era rocambolesco. Funcionaba como el bolsillo de Doraemon, pero en versión psicópata. Cualquier cosa que hiciera falta en mitad de una trama loca, ella la tenía ahí dentro: desde una ampolla para provocar diarrea hasta una pala de cavar de tamaño real.



  • Gwyneth Paltrow y los referentes pop: 

La obsesión que tenían las chicas con Gwyneth demostraba cuánta cultura dosmilera respiraba la serie. Se sabían sus películas de memoria, veneraban su estilo y hacían alusiones constantes a ella; prácticamente era un personaje más. Como curiosidad, Ryan Murphy intentó por todos los medios que apareciera en la serie (hay un episodio genial donde Nicole y Mary Cherry quieren conseguir que sea la directora invitada). Murphy no lo logró entonces, pero se desquitó años después contando con ella en Glee. Otra habitual homenajeada era Madonna, de la que llegaron a imitar de forma brillante los videoclips de Music y Vogue. Si algo era popular en Popular, eran las referencias y parodias a la cultura pop.



  • Diane Delano y el "universo" Glass: 

Que Diane Delano es una actriz magistral nadie lo duda, y su papel como la tiránica Bobbi Glass es legendario. Pero la cosa no se quedó ahí. El gag recurrente de la serie era que cualquier miembro de la familia Glass que apareciera en pantalla estaba interpretado por ella: desde su hermana gemela (la enfermera Jessi) hasta su hermano (el sargento Rock) o su tío millonario Tipton. Un auténtico desfase.



  • Godfrey, el hombre para todo:

Un recurso cómico brillante. Godfrey (interpretado por Bob Clendenin) aparecía flotando por ahí en cualquier parte. No se sabía muy bien de dónde salía ni tenía nada que ver con la trama principal, pero siempre estaba. Era el encargado de Mr. Cluck’s, pero si las chicas iban a una tienda de cosméticos, también la gestionaba él. ¿Que tocaba examinarse del carnet de conducir? Él era el examinador. Pasó por cura, acosador, exorcista e incluso director de pelis de terror cutres. El personaje más innecesario y, a la vez, más vital de la serie.



  • La realización: 

Otra genialidad irrepetible era cómo usaban la cámara para reírse de los propios dramas adolescentes. Utilizaban planos exageradísimos, zooms brutales y efectos de sonido (como latigazos) dignos de un thriller de suspense o una tragedia griega, solo porque a alguien le tocaba la chuleta más pequeña en la cena o iba a cometer un "pecado social". Además, rompían la cuarta pared de forma inteligentísima.



El laboratorio de Ryan Murphy

Todas estas idas de olla visuales y gags recurrentes demuestran que las bases del estilo y del universo de Ryan Murphy se cuajaron en el Kennedy High. Lo más injusto de Popular es que el público y la industria no supieron apreciar en su momento la genialidad de una fórmula que, una década más tarde, ese mismo público terminaría amando y encumbrando a nivel mundial. Murphy no inventó nada nuevo años después; simplemente perfeccionó y recicló en sus proyectos millonarios lo que ya había sembrado aquí.

El ejemplo más evidente de este reciclaje es, sin duda, Glee. Esa serie no habría existido jamás sin el ADN de Popular, gracias. De hecho, se podría decir que Murphy utilizó el éxito de la serie musical para hacer, diez años después, todo lo que la televisión de 1999 no le dejó hacer con su primera obra. Si pones a los personajes frente a frente, las "coincidencias" saltan a la vista: Josh Ford es, paso por paso, el prototipo exacto de lo que luego fue Finn Hudson: el quarterback del equipo de fútbol americano que esconde una sensibilidad artística y rompe los esquemas al meterse en el teatro musical. ¿Y qué pasa con la mítica Sue Sylvester, esa entrenadora implacable que iba en chándal y gobernaba el colegio con mano de hierro? es una copia directa de Bobbi Glass. Murphy cogió la dictadura absurda y cómica de nuestra querida Diane Delano, le puso un silbato y se coronó con un personaje que ya tenía inventado desde hacía diez años.



Pero es que la cosa va mucho más allá de Glee. ¿Os acordáis de la serie Feud, donde Murphy despellejó la sanguinaria rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford? Pues esa pasión fetichista por el Hollywood clásico y las batallas de divas ya nació en Popular. En uno de los mejores momentos de la serie, Brooke y Sam se marcaban un homenaje brutal recreando las escenas más icónicas de ¿Qué fue de Baby Jane?. Ambas actrices lo clavaron de una manera espectacular, demostrando que la guerra entre dos hermanas tenía la misma fuerza dramática y la misma mala leche que la de las mayores leyendas del cine. Murphy ya nos estaba avisando en 1999 de cuál iba a ser ese sello de identidad tan único que luego definiría todo su imperio.



Una cancelación criminal que aún nos duele

Que Popular fuera una serie tan adelantada a su tiempo terminó siendo, tristemente, su bendición y su castigo. Los fans la amábamos por encima de todas las cosas precisamente por ser tan libre y diferente, pero el público general de la época no terminaba de entenderla; no sabía cómo encajar sus cambios de tono y la miraba con desconcierto.

Y la cadena The WB, en lugar de proteger su joya más original, se dedicó a boicotearla. Los ejecutivos entraron en pánico con el humor negro de Ryan Murphy y le obligaron a meter tijera, cambiando tramas enteras para intentar hacer la serie "más blanca y accesible". Querían meterla a la fuerza en el molde de un drama juvenil normal y, claro, la destrozaron. Si a esa censura creativa le sumas que la cambiaron de día de emisión, el desastre estaba servido. Pasamos del éxito absoluto de la primera temporada a un caos de audiencias en la segunda. El público se despistó y la cadena le acabó dando el hachazo final en mayo de 2001.



Pero si hubo algo más cruel que la cancelación, fue cómo nos la quitaron. Confiando en una tercera temporada que nunca llegó, nos dejaron con uno de los cliffhangers más bestias e irresueltos de la historia de la televisión: Harrison tenía que elegir finalmente entre Brooke y Sam, el grupo estaba medio roto y, para rematar la jugada y dejarnos en posición fetal... ¡la psicópata de Nicole Julian borracha atropellaba a Brooke con el coche en el último segundo! Fundido a negro, fin de la serie y hasta luego. Hay rupturas que duelen menos.

Jamás supimos si Brooke sobrevivió, con quién se quedó Harrison o si Nicole acabó entre rejas. En serio, a día de hoy, sigue siendo la cancelación que más me ha dolido de mi vida seriéfila.



Popular se merecía un final a la altura de su genialidad. Y no solo duele que la quitaran; duele que no fuera apreciada como debía y que hoy en día no sea más conocida, que ninguna plataforma de streaming se digne a rescatarla para que la descubran las nuevas generaciones. Hay demasiada gente que no sabe que esta joya existe. Es una tremenda injusticia. Una serie tan brillante y revolucionaria mereció muchísimo más de lo que tuvo.

Pasó como un suspiro por la televisión, pero sigue teniendo un público sumamente fiel que no la hemos olvidado. Dejó una huella imborrable a todos los que nos sentábamos frente a la pantalla a flipar con El Novak, a reírnos con Mary Cherry y a sufrir con Brooke y Sam. Una obra de arte incomprendida que, más de veinticinco años después, sigue siendo nuestra absoluta serie de culto.






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