Cuando una serie triunfa a lo grande y se convierte en un fenómeno gigante, sus creadores se ven incapaces de dejarla marchar y a los productores les entra un miedo tremendo a dejar ir la gallina de los huevos de oro. La tentación es demasiado fuerte.
El ejemplo más descarado y real de esto lo tenemos en las pantallas justo ahora mismo con el estreno de Stuart no consigue salvar el universo. Es el segundo spin-off directo que se sacan de la manga de The Big Bang Theory (y el tercero dentro de su universo si contamos a Georgie y compañía), demostrando que si un secundario como el dueño de la tienda de cómics cae bien, la maquinaria de Hollywood no va a dudar en activar su recurso favorito. Esa idea de coger un hilo suelto de una historia que ya funciona, tirar de él y construir una serie completamente nueva y a ver qué pasa.
Sobre el papel parece la jugada perfecta para asegurarse el éxito y una audiencia fiel desde el primer minuto, pero la realidad es que es una lotería total. A veces sale bien y la nueva serie es tan buena que incluso supera a la original y casi nos hacen olvidar de dónde venían. Pero en otras, la cosa es un desastre tan absoluto que salen productos forzadísimos nacidos de la pura codicia y la cadena la cancela a las pocas semanas.
Y también están esas otras que mezclan rarezas inclasificables de las que nunca más se supo y que casi nadie recuerda que llegaron a existir, con series súper famosas que todos recordamos con cariño pero de las que poca gente sabe que, en realidad, eran el spin-off de otra cosa anterior.
Así que vamos a repasar un poco de todo este jaleo de series que salieron de otras series. Vamos a juntar un poco de todo y lo mejor, lo peor y las mayores sorpresas que nos ha dejado la televisión.
Cosas de casa (Family Matters)
Seguro que si os hablo de esta serie, a todos os viene a la cabeza el salón de la familia Winslow y, por supuesto, a Steve Urkel con sus tirantes, sus gafas gigantes y su mítico "¿He sido yo?". Urkel se convirtió en un icono absoluto de los años 90 y en un fenómeno de masas que devoró por completo el show. Pero lo que no todo el mundo sabe es que todo esto empezó en Primos lejanos (Perfect Strangers), otra comedia de muchísimo éxito de la época que iba de las aventuras de Larry y su primo bizarro Balki Bartokomous.
Resulta que Harriette Winslow, la matriarca de Cosas de casa, apareció primero en la tercera temporada de Primos lejanos trabajando como la ascensorista descarada del periódico donde trabajaban los protagonistas. El personaje cayó tan bien que los productores decidieron crearle una serie propia centrada en su familia, los Winslow.
Primos lejanos era una serie genial, pero las cosas como son, Cosas de casa la superó por goleada, se estiró durante nueve temporadas y hoy en día se la recuerda muchísimo más. Es el ejemplo perfecto de un spin-off que cobró tanta vida propia que borró el mapa de donde venía.
Angel
Todo el mundo sabe que esta serie nació directamente de Buffy cazavampiros, después de que el gran amor de la protagonista decidiera hacer las maletas al final de la tercera temporada. Y no, para nada la serie llegó a superar el impacto cultural de la original, pero funcionó como el anexo perfecto para expandir ese universo y enriquecer muchísimo las historias. Al emitirse en paralelo, era muy interesante ver cómo ambas series se complementaban, cruzando personajes de vez en cuando y haciendo que el mundo de los vampiros fuera mucho más grande, con una trama bastante más oscura, madura y detectivesca que Buffy, un gran acierto en mi opinión.
Gran parte del mérito lo tuvo ver a un Angel increíble como protagonista absoluto. David Boreanaz estuvo espectacular, al sacarlo de la sombra de Buffy, el personaje creció una barbaridad al frente de su propia agencia de detectives en un Los Ángeles nocturno. Pero el verdadero golpe de maestro de los productores fue los personajes que se llevaron con él, dándoles más espacio para brillar.
El ejemplo más brutal es el de Cordelia Chase. En Buffy ya había dado todo de sí como la pija superficial, pero aquí le dieron el peso que merecía, convirtiéndola en el corazón del equipo. Y no fue la única. Wesley Wyndam-Pryce pasó de ser un vigilante novato y ridículo a tener una de las evoluciones más complejas y dramáticas de la televisión. Incluso la cazadora rebelde Faith tuvo una continuación a su historia, permitiéndonos entender su oscuridad muchísimo mejor. No superó a la maestra, pero como extensión de la serie original fue una auténtica maravilla.
Frasier
Si hay una serie que tiene que estar obligatoriamente en cualquier lista de este tipo, es esta. Es el ejemplo perfecto y absoluto de cómo un personaje secundario puede independizarse y crear una obra maestra. Todo el mundo conoce las manías, la pomposidad y los enredos del psiquiatra Frasier Crane en su programa de radio en Seattle, pero su andadura empezó mucho antes. El personaje nació en Cheers, aquella mítica comedia ambientada en un bar de Boston que era un éxito de masas. Frasier entró en la tercera temporada como un cliente más, el típico intelectual estirado que iba a tomarse algo y a desentonar con el resto de la clientela obrera del bar.
El personaje gustó tanto que se quedó hasta el final de la serie. Y cuando Cheers cerró sus puertas tras once temporadas, los creadores decidieron que Frasier se merecía su propio espacio. El resultado fue espectacular: la serie duró otras once temporadas, se infló a ganar premios Emmy y, para muchísima gente (entre la que me incluyo), terminó siendo incluso mejor, más inteligente y más divertida que la original. Es uno de esos casos milagrosos donde el alumno no solo igualó al maestro, sino que construyó su propio mito en la historia de la televisión.
Joey
Aquí tenemos el caso totalmente contrario: cómo coger al personaje más querido de la serie más masiva del planeta y pegarse el mayor batacazo de la historia. Cuando Friends echó el cierre tras diez temporadas de éxito descomunal, la cadena NBC entró en pánico, así que decidieron que Joey Tribbiani hiciera las maletas, se mudara a Los Ángeles para intentar triunfar como actor en serio y tuviera su propia comedia.
Parecía dinero fácil, pero el invento fue un desastre. Le quitaron toda la magia y el corazón que tenía el personaje cuando estaba rodeado de su grupo de amigos de siempre, y lo metieron en una serie con “extraños” que apenas aguantó dos temporadas en el aire antes de que la cancelaran de mala manera. En esta otra entrada os hablo mucho más de lleno de esta serie, pero desde luego se quedó como el gran ejemplo de que estirar el chicle por puro negocio a veces sale fatal.
Los vigilantes de la noche (Baywatch Nights)
Lo de esta serie es directamente una locura que casi nadie recuerda que llegó a existir. Nació en 1996 en medio del éxito mundial de Los vigilantes de la playa, cuando a los productores se les ocurrió la brillante idea de darle al personaje de David Hasselhoff, Mitch Buchannon, su propia serie montando una agencia de detectives privados. Lo curioso es que se llevó consigo a Garner Ellerbee, aquel mítico sargento de policía que todos recordamos patrullando la arena subido en un quad.
La primera temporada era un procedimental de crímenes bastante aburrido, donde Mitch era un pluriempleado que rescataba a todos en la playa, mientras investigaba los casos mano a mano con su socia en la agencia, una detective llamada Ryan McBride. El equipo lo completaba Donna Marco, que empezó siendo simplemente la dueña del bar que estaba encima de la oficina, pero el personaje gustó tanto que lo fue compaginando con la serie madre, entrenando para acabar convertida también en socorrista de los bañadores rojos.
Como las audiencias no funcionaban, en la segunda temporada se les fue la pinza por completo y decidieron irse al terreno sobrenatural, que ya empezaba a aflorar en la época. El policía del quad desapareció de la serie y lo sustituyeron por Dorian Gregory, el actor que más tarde se haría famosísimo siendo el policía aliado de las Embrujadas y quien ya se preparó aquí lidiando con casos extraños.
De la noche a la mañana, Hasselhoff y Ryan pasaron de investigar robos normales a enfrentarse a tramas de alienígenas, posesiones y monstruos marinos. El invento era tan sumamente absurdo que no duró más de dos temporadas en antena, dejándonos una de las mayores bizarradas de la televisión.
Los originales (The Originals)
El género de los chupasangres siempre ha tenido una facilidad increíble para expandir sus historias, y el universo de Crónicas vampíricas (The Vampire Diaries) nos dejó otro de los casos más potentes. La serie madre era un absoluto bombazo juvenil que enganchaba a millones de fans con sus romances y sus misterios de instituto, pero el tablero cambió por completo cuando aparecieron los hermanos Mikaelson. Ellos resultaron ser la familia Original, los primerísimos vampiros de la historia de la humanidad. Eran unos personajes maquiavélicos, peligrosos y con un trasfondo trágico brutal: llevaban mil años huyendo de su propio padre y arrastrando unos traumas familiares insoportables que engancharon al público al instante.
El carisma de Klaus y sus hermanos era tan inmenso que los creadores decidieron darles su propio show, mudándolos a Nueva Orleans, la ciudad colonial que ellos mismos habían ayudado a fundar siglos atrás. Lo genial de esta serie es que no intentó imitar a la serie de la que nació. Mientras que Crónicas vampíricas mantenía esa esencia de romance adolescente y triángulos amorosos que tanto gustaba a sus seguidores, Los originales se desmarcó con un enfoque completamente diferente. Tiró por una intriga mucho más madura, oscura y shakesperiana, convirtiendo la trama en una auténtica guerra de mafias sobrenaturales entre vampiros, hombres lobo y brujas por el trono de la ciudad. Fue una manera fantástica de enriquecer la franquicia, demostrando que se podía dar un producto totalmente nuevo y con mucha más madurez sin necesidad de romper la magia de la historia original
Better Call Saul
Es un título previsible en cualquier lista de este tipo, lo sé, pero es que dejarlo fuera sería un pecado. Como todo el mundo sabe, este spin-off nació directamente del universo de Breaking Bad para contarnos los orígenes de Jimmy McGill antes de convertirse en Saul Goodman, aquel abogado corrupto, hortera y descarado que ayudaba a blanquear dinero a Walter White.
Cuando se anunció el proyecto, la gran mayoría nos echamos a temblar pensando que era una jugada puramente comercial para exprimir el éxito de una obra maestra que ya había cerrado de forma redonda. Parecía imposible rascar algo nuevo de ahí sin estropear el recuerdo. Y sin embargo, la bofetada que nos pegó a todos fue tremenda. Consiguieron crear una serie tan brutal, con un ritmo y una identidad propia tan potentes, que el show funciona a la perfección por sí mismo aunque no hayas visto ni un solo capítulo de la serie original. Lograron lo que parecía un milagro: hacer un spin-off que no vive de las rentas del pasado, sino que se ganó el cielo por derecho propio.
Salvados por la campana
Lo que pasó con esta serie es uno de los experimentos más raros e interesantes de la televisión, porque nació de las cenizas de un fracaso absoluto. Todos nos hemos criado viendo las aventuras de Zack Morris, Screech, Slater y Kelly Kapowski en el instituto Bayside, pero la realidad es que el show empezó un año antes, en otra cadena y con un concepto totalmente distinto, bajo el título de Good Morning, Miss Bliss. En esa versión original, la protagonista absoluta era una profesora de instituto muy bondadosa y la serie iba de sus dramas dando clase. La serie fue un desastre total de audiencias y la cancelaron fulminantemente tras la primera temporada.
Sin embargo, los ejecutivos de la NBC vieron algo especial en tres de los alumnos de ese colegio: Zack, Screech y Lisa. Así que decidieron comprar los derechos de la marca, tiraron a la profesora, se quedaron con el trío de chavales, los mudaron de ciudad a California y reestructuraron la serie por completo metiendo a Kelly, a Slater y a Jessie. El cambio de chip fue radical y pasaron de un drama escolar aburrido a crear la comedia juvenil más icónica de los 90.
El invento funcionó tan bien que la NBC estiró el chicle todo lo que pudo. Primero intentaron una continuación directa con Años de universidad (The College Years), mudando a Zack, Slater, Screech y Kelly a la residencia universitaria, aunque la idea no terminó de cuajar y solo duró una temporada en antena. Pero el verdadero intento de repetir la fórmula fue La nueva clase (The New Class). Volvieron a las aulas de Bayside con un grupo de alumnos completamente nuevo, pero con el truco de mantener al señor Belding como director.
Además, más adelante recuperaron al mismísimo Screech, que regresó al instituto para hacer sus prácticas de la carrera trabajando como una especie de ayudante y asistente del director, regalándonos momentos de lo más nostálgicos y absurdos. Al final, esta nueva generación funcionó genial para rellenar las mañanas de los sábados y aguantó siete temporadas en emisión, demostrando que el espíritu de Bayside era eterno.
El show de Cleveland
De la imagen real damos el salto a los dibujos animados para adultos con un caso nacido directamente del universo de Padre de familia (Family Guy). Todos los que hayáis visto la serie de Peter Griffin conoceréis de sobra a Cleveland Brown, el vecino afroamericano súper tranquilo, pausado y bonachón que siempre sufría las locuras de su grupo de amigos (y cuya bañera terminaba destruida en casi todos los capítulos). El personaje caía tan bien que, en pleno subidón de éxito de la serie original, los creadores decidieron que se merecía su propio espacio.
La premisa era sencilla: tras divorciarse, Cleveland decidía hacer las maletas, marcharse de Quahog y regresar a su pueblo natal en Virginia para casarse con su amor de la adolescencia y formar una nueva familia bastante peculiar. El experimento no salió del todo mal, ya que aguantó cuatro temporadas en antena, pero le faltaba esa chispa gamberra, salvaje y absurda que hacía única a Padre de familia. El ritmo era mucho más lento y los nuevos secundarios no tenían tanta fuerza. Al final, cuando la Fox vio que la audiencia empezaba a flojear, decidieron cancelarla de forma muy práctica, hicieron que la nueva familia se mudara a Quahog y devolvieron a Cleveland a su casa de siempre en la serie original, barriendo el spin-off debajo de la alfombra como si aquí no hubiera pasado nada.
Al final, la culpa de que estas cosas pasen, es un poco nuestra. Sabemos perfectamente que la mayoría de los spin-offs nacen por puro negocio y para exprimir un éxito hasta que no quede una gota de interés. Pero cuando nos encariñamos con un personaje o nos enganchamos a un universo, nos cuesta muchísimo decir adiós, esto es así.
Nos da igual que nos metan a un carpintero con calzador o que nos manden a un socorrista a investigar extraterrestres con el policía de Embrujadas. Los amantes de las series somos así de agradecidos. Queremos seguir estirando el chicle tanto como los propios productores y, aunque a veces nos tengamos que comer algún que otro batacazo histórico, la mayoría de las veces cruzar los dedos y darle una oportunidad a la nueva serie sigue mereciendo la pena.










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