Ya no puedo esperar (1998): La joya adolescente que se quedó en el olvido

Si nos paramos a pensar en los finales de los noventa y los primeros dos mil, es imposible no acordarse de la auténtica avalancha que tuvimos de comedias adolescentes. El cine se llenó de películas de institutos, macrofiestas y dramas de graduación, creando un subgénero gigante que a muchos nos marcó.

Sin embargo, mientras títulos como American Pie se convirtieron en fenómenos de masas que todo el mundo recuerda hoy en día, hubo otras cintas maravillosas que pasaron mucho más desapercibidas y se quedaron injustamente en un segundo plano.

Y precisamente por eso vengo a rescatar una de mis debilidades absolutas de esa época: Ya no puedo esperar (Can't Hardly Wait).



Es una película de 1998 que no tuvo ese éxito masivo ni arrastra la fama de otros titanes de su generación, pero os garantizo que si os mola la nostalgia de esos años, es una joya que tenéis que apuntar ya en vuestra lista.

Lo bueno que tiene es que no se toma en serio a sí misma ni busca dar lecciones morales baratas de instituto; es una comedia súper fresca, de esas que hoy en día no se harían para nada y con un ritmo rapidísimo que se merece muchísimo más reconocimiento del que tiene. Para mí es una auténtica fantasía de película y una de esas perlas ocultas que da gusto redescubrir.


La macrofiesta del "ahora o nunca"

Para ponernos en situación, la trama de la película es super básica y se despacha rápido porque pertenece a ese selecto grupo de historias que se desarrollan por completo en una sola noche y en un mismo sitio. El punto de partida nos sitúa en una macrofiesta salvaje en una casa, justo unas horas después de la graduación del instituto. Es la última noche antes de que todo el mundo se disperse hacia universidades diferentes, así que el ambiente está cargado con esa energía de "ahora o nunca".



El motor que lo mueve todo es Preston Meyers (Ethan Embry), el típico pringado romántico que lleva cuatro años enamorado en secreto de la chica más popular y guapa del instituto, Amanda Beckett (la mítica Jennifer Love Hewitt).

Por un giro del destino, Preston se entera de que Mike Dexter, el deportista chulo, egocéntrico y bastante gilipollas del instituto, la acaba de dejar esa misma mañana. Convencido de que es una señal del universo porque desde el primer día estaban destinados a estar juntos, Preston se planta en la fiesta con una carta de amor en el bolsillo dispuesto a jugárselo todo a una carta antes de que sea tarde.

A partir de esa premisa tan simple, se aprovecha la casa abarrotada de gente para cruzar historias y montar una comedia de enredo genial con un ritmo que no te da un segundo de respiro. 



La fauna de la fiesta: De Barry Manilow a Guns N' Roses

Bajo esa fachada de comedia romántica, lo que de verdad hace que esta película sea una fantasía es el desfile de personajes tan desquiciados que se pasean por el salón. Además del triángulo principal entre el romántico de Preston, la deseada Amanda y el deportista chulo de Mike Dexter (un Peter Facinelli clavadísimo en su papel de imbécil), la noche se sostiene gracias a unas subtramas cómicas brutales.

Por un lado, tenemos a Seth Green espectacular como Kenny Fisher, un chaval vestido con ropa gigante que va de rapero malote por la vida. El típico personaje que en toda película de este tipo busca perder la virginidad desesperadamente. Luego está Denise (la genial Lauren Ambrose), la mejor amiga cínica de Preston, que solo va a la fiesta por acompañarle y que nadie del instituto la conoce, porque no ha participado nunca en nada de clase, ni fiestas.

Lo maravilloso es que Kenny y Denise se pasan media película encerrados juntos en el baño y ambos se odiaban desde pequeños. Os podéis imaginar el resto… 



Pero la palma del desmadre se la lleva la evolución de William Lichter (Charlie Korsmo), el súper empollón que va a la fiesta con la única obsesión de vengarse de las novatadas de Mike Dexter. Al final, el chaval termina probando el alcohol por primera vez, se le va de las manos y acaba borracho perdido encima de los muebles cantando Paradise City de Guns N' Roses a grito pelado, coronado como el rey de la fiesta y ligando con tres chicas a la vez.



Mientras tanto, el hilo conductor más surrealista lo protagoniza el propio Preston con su obsesión por las señales del universo y la canción Mandy de Barry Manilow. Él cree que el que suene esa canción en la radio justo antes de entrar a la fiesta, es una señal de lo que lo suyo con Amanda va a salir bien (Amanda-Mandy), pero Denise le destroza el mito contándole que en realidad está dedicada a un perro, aunque él no termina de creerlo.



Tras un bajón tremendo al ver a Amanda con otro, Preston decide marcharse de la fiesta pensando que el destino no existe. En el coche le dan la oportunidad de llamar al mismísimo Barry Manilow a la radio en directo y decide preguntar a quién va dedicada realmente la canción. Justo en ese momento aparece una bailarina de streptease  vestida de ángel y le cuelga el teléfono antes de recibir su respuesta y, tras contarle su propio cuelgue absurdo con Scott Baio, le convence para que vuelva a llamar y confiese de verdad lo que siente por Barry Manilow... 

Y para rematar este corral, por los pasillos se pasea una pesadísima Melissa Joan Hart obsesionada de forma enfermiza con perseguir a todo el mundo para que le firmen el anuario de graduación. Perlitas puras que hacen que la película sea una locura comodísima de ver.



El anuario oculto de Hollywood: El festival del cameo

Si los protagonistas y secundarios ya te vuelan la cabeza sabiendo el éxito que tendrían después en televisión, lo de los cameos que andan sueltos por la casa ya es otro nivel. Mires donde mires, va a aparecer alguien conocido, que por entonces, la mayoría, aún no lo eran. Los directores montaron un casting masivo por el que pasó prácticamente toda la cantera de jóvenes promesas que estaba a punto de reventar las series de los dos mil, y cazarlos ahora le da otro extra a la película.

Por ejemplo, es la primera película en el cine para un jovencísimo Jason Segel, como el "tío de la sandía" y que sólo tenía una escena pequeñísima. Y si de frutas hablamos, si agudizáis la vista mucho, os vais a encontrar a Amber Benson mirando un plátano. Sí, ese es todo su papel… Dos futuros amores de Alyson Hannigan en Cómo conocí a vuestra madre y Buffy, compartiendo esa “pasión” por la fruta, curioso.


Pero la lista de futuras caras famosas es interminable: Tenemos a dos de las chicas de Popular, Sara Rue y la musa de Ryan Murphy, Leslie Grossman. Aparece Donald Faison años antes de ponerse la bata de médico en Scrubs, Freddy Rodríguez antes de meterse en la funeraria de A dos metros bajo tierra, Joel Michaely, Paige Moss, Clea DuVall e incluso una Jaime Pressly impecable, muy habitual después en pelis de este tipo, haciendo de una de las chicas populares del instituto.



El shock total lo ponen una brevísima Selma Blair antes de dar el pelotazo con Crueles intenciones, y las apariciones estelares de Jerry O'Connell haciendo del exalumno ligón que vuelve al gallinero y Jenna Elfman encarnando a esa bailarina vestida de ángel.

Pero el puntazo es Chris Owen, el mítico Shermanator de American Pie, que aquí no tiene ni una sola línea de diálogo y se pasa toda la película apareciendo de fondo dedicándose a robar cosas random. Un auténtico quién es quién del Hollywood dosmilero antes de que les llegara la fama masiva.




Así que sí, no es una película para pensar en absoluto y no le puedes pedir más, te da exactamente lo que pretende, una romanticada mezclada con el salvajismo de la época antes de que llegaran las American Pie y demás. Y me parece una pena que la gente no la tenga más en el mapa.

Está claro que no estamos ante una obra maestra del cine que vaya a cambiar el mundo, pero es que tampoco lo necesita ni lo busca. Es una historia sencilla, absurda, divertida y súper entretenida que te mantiene con la sonrisa en la cara todo el rato y con la que es imposible aburrirse. Para mí, tiene ganada una de las mejores posiciones en el cajón de las joyas de esa época, y solo por lo bien que te lo pasas recordando el desmadre de la noche y viendo a tanta cara conocida, merece muchísimo la pena darle una oportunidad. Un disfrute noventero puro y duro. 


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